A fecha de hoy, setenta años después del fin de la guerra incivil desencadenada por el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, hay un desconocimiento casi generalizado de lo ocurrido tras el fin del conflicto armado. El último parte de guerra fue emitido el 1 de abril de 1939 y casi todo lo acontecido después de esa fecha ha sido sistemáticamente ocultado y todavía hoy son muchos los ciudadanos partidarios de guardar silencio y olvidar... Peor aún, numerosos cargos públicos todavía se sienten molestos cuando se recuerda que durante los años cuarenta y cincuenta unos 30.000 niños --según datos oficiales-- fueron robados a sus madres, que en su mayoría eran mujeres encarceladas por haber colaborado con la oposición o por ser madres, esposas, hermanas o hijas de opositores al régimen.
Demasiados políticos --incluidos algunos demócratas de toda la vida que mienten al alardear de haber militado en el antifranquismo-- y no pocos historiadores han caído en la trampa de los beneficiados por la dictadura, pues centran toda la atención en la guerra (1936-1939) y orillan lo ocurrido después, como si la barbarie de la posguerra formara parte del conflicto armado.
No es así. El 1 de abril de 1939 se empezó a escribir otra historia, la de un régimen que practicó la violencia de forma sistemática, siendo sus armas habituales la cárcel, el robo y el asesinato. Desde el 1 de abril de 1939 hasta el 20 de noviembre de 1975, alrededor de doce millones de españoles sufrieron directa o indirectamente y en mayor o menor grado la represión (desde simples multas hasta penas de muerte).
Una sociedad tan singular como olvidadiza
Durante casi medio siglo, todos cuantos fueron encarcelados o simplemente sancionados administrativamente padecieron una doble condena: La primera se sustanciaba mediante la pena impuesta por las autoridades y la segunda, tanto o más grave que la anterior, consistía en sufrir el rechazo o la marginación social. Sin embargo, tras la muerte del dictador y la democratización de las instituciones del Estado, los autores de los crímenes y de los abusos del franquismo rara vez han sido marginados o socialmente penalizados por sus delitos.
La española es, ¡pruebas hay por doquier!, una sociedad harto singular en la que, además de notables pérdidas de memoria, existen amplios sectores sociales partidarios de cerrar los ojos y olvidar, entre otras cosas, que muchas de las fortunas y preeminencias sociales hoy existentes son fruto de actos criminales derivados del golpe de Estado de 1936.
El trabajo de Gutmaro Gómez Bravo aporta datos y, sobre todo, analiza el impacto que tuvo en la sociedad de posguerra el sistema penitenciario franquista, que fue instrumento fundamental de una larga paz durante la que fueron esterilizados, encarcelados o asesinados varios miles de intelectuales, técnicos, maestros, científicos y catedráticos cuya desaparición hipotecó el desarrollo económico, social y cultural del país.
Pese a todo lo apuntado, El exilio interior no es un libro por ni para la venganza, ni tampoco ha sido escrito para condenar a los responbles de aquellas barbaries. Se trata de un ejercicio de memoria y, por extensión, de una llamada --acaso involuntaria-- al rigor histórico para que unos y otros dejen de confundir la guerra incivil con los años de paz.
[Texto, Félix Soria, periodista colaborador de CDL]
Edita TAURUS



1 Comentarios:
Me ha interesado el título y por ahí he llegado a leer la reseña y el interés ha ido en aumento.
El exilio interior, o como lo denominara Benedetti, el insilio, también exiliado y desexiliado, es una consecuencia humana más de los regímenes autoritarios o dictatoriales. Sin embargo se ha establecido en muchos países una escala del dolor, de la victimización, en la cual hay temas que han quedado o se han dejado en el olvido.
El exilio durante mucho tiempo ha sido, y en muchos países lo sigue siendo, un no tema, no es parte de la memoria social y menos histórica, sólo de la individual y en todo caso grupal. Pero si esto es así, el exilio interior lo es aún menos, por eso, obras de rigor como esta contribuyen a llenar lagunas en la historia, en nuestra historia y por ese solo hecho ya tienen un enorme valor.
Felicito al autor por cumplir con su función social de cientista social de indagar en el pasado que es presente y contribuir a una sociedad mas justa y democrática.
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