Manifestación de trabajadores durante la segunda jornada de la Semana Trágica Este mes se cumple el centenario de la Semana Trágica vivida en Barcelona en los días finales de julio y los primeros de agosto de 1909, que se saldó con cientos de detenidos, decenas de procedimientos judiciales, fusilamientos y el descrédito del Estado y de su jefe, el rey Alfonso XIII.
El centenario de tan crucial episodio ha motivado que varias firmas editoriales hayan editado o reeditado textos que versan sobre aquellos acontecimientos. Entre otros libros, cabe mencionar los siguientes:
* La Semana Trágica de Cataluña, varios autores, Nabla Ediciones;
* La Semana Trágica, Joan Connelly Ulman, Ediciones B;
* La Semana Trágica: Barcelona en llamas, la revuelta popular y la Escuela Moderna, Dolors Marín, editado por La Esfera de los Libros;
* Del 98 a la Semana Trágica: crisis de conciencia y renovación política, José Luis Comellas García-Llera, edita Biblioteca Nueva;
* Francisco Ferrer y Guardia, Juan Avilés Farré, Marcial Pons Ediciones; y
* Siete días de furia: Barcelona y la Semana Trágica, Antoni Dalmau i Ribalta, edita Destino.
Pero, ¿cómo empezó todo?, ¿por qué fue tan masiva la participación ciudadana en la movilización?, ¿por qué confluyeron en las protestas colectivos sociales tan dispares?...
En 1909, Antonio Maura estaba al frente del gobierno tras haber ganado las elecciones de abril de 1907 el Partido Conservador. España no se había recuperado social, política ni tampoco institucionalmente de los desastres de 1898, propiciados en gran medida por la pérdida de las últimas colonias de ultramar, Cuba y Filipinas, y la formalista democracia existente estaba profundamente pervertida por dos formaciones que a modo de clanes se alternaban en el poder, el Partido Conservador y el Partido Liberal, controladores de un sistema electoral regulado al gusto que permitía todo tipo de prácticas caciquiles, incluidas las componendas en los colegios electorales.
La singularidad catalana
En Cataluña, donde la alta, media y pequeña burguesía estaba altamente organizada, el resultado de las elecciones de 1907 dio la victoria a Solidaritat Catalana, formación de sesgo nacionalista e ideología conservadora que lideraba Francesc Cambó, que logró 41 de los 44 diputados en liza. No obstante, socialmente también poseía notable fuerza la Unión Republicana del populista Alejandro Lerroux. Pero había un tercer y un cuarto protagonistas, los ácratas (agrupados en torno al sindicato CNT y la Federación Anarquista Ibérica), y los socialistas (la UGT y el PSOE), cuyos cuadros eran de cuantía menor pero gozaban de crédito en dispares sectores de la sociedad catalana, incluso entre pequeños empresarios y comerciantes.
El caso es que las clases sociales catalanas eran las más y mejor organizadas de España pero por circunstancias que requieren prolija explicación --ajena a una bitácora-- fueron las formaciones de la clase obrera las que lideraron el profundo malestar social causado por el retraso en las reformas legislativas que, por ejemplo, eran urgentes en el ámbito laboral.
Al descontento propio de los trabajadores se sumaba el rechazo social de alcance interclasista que generaba el reclutamiento de miles de jóvenes que eran enviados a la guerra de Marruecos, donde sucesivos gobiernos se empeñaron en reverdecer glorias coloniales; a todo ello se sumó la movilización forzosa de reservistas para hacer frente al creciente poder de los cabileños, cuyas acciones impedían la actividad económica y la construcción de la estratégica línea de ferrocarril que debía unir Melilla y las minas de Beni Bufiur, negocios controlados por dos aristócratas que tenían profunda influencia en la Administración, el conde de Romanones y el marqués de Comillas.
Al malestar social causado por la guerra --malestar que también sentía la pequeña burquesía urbana-- se sumaba la elitista normativa que regía los reclutamientos, pues el ingreso en filas se podía evitar abonando 6.000 reales (el salario diario medio de un trabajador era de 10 reales); de modo que a Marruecos sólo eran enviados los varones de las clases populares.
El descaro de la buena sociedad
Para colmo de estupideces y en un acto más de ceguera política, el domingo 18 de julio de 1909, fecha fijada para el primer embarque de reclutas en el puerto de Barcelona, los dirigentes de la elite barcelonesa --incluidos cargos institucionales-- consideraron adecuado que un grupo de mujeres de la alta sociedad local acudira al puerto para entregar escapularios, medallas y tabaco a los soldados, lo que desencadenó graves disturbios.
Para colmo, en los días siguientes fueron noticia las decenas de muertos, heridos y desaparecidos causados por los insurgentes norteafricanos. La reacción de las organizaciones obreras y también de todos los partidos catalanes fue inmediata. Al mismo tiempo, en Madrid los sindicatos de ámbito estatal pactaron convocar una huelga general para el 2 de agosto. Sin embargo, en la ciudad condal los acontecimientos se precipitaron debido al impacto directo de las muertes habidas en Marruecos, lo que provocó que Solidaritat Obrera llamara a la huelga el lunes 26 de julio, que se convirtió en la primera jornada de la Semana Trágica.
El paro fue total en Barcelona y en su cinturón industrial y, temiendo males mayores, el Gobierno ordenó que el ejército tomara posiciones en las calles para controlar a los huelguistas. Pero los militares fueron recibidos con singular tranquilidad, incluso con aplausos, y al grito de ¡viva el ejército, abajo la guerra!; de modo que la primera jornada fue pacífica y fueron numerosos los soldados y suboficiales que confraternizaron con la población.
La chispa: Las muertes del Barranco del Lobo
Todo cambió al día siguiente, cuando llegó la noticia de que en el Barranco el Lobo habían muerto 1.200 reservistas, prácticamente todos obreros, padres de familia y pertenecientes al contingente que había partido de Barcelona el 18 de julio. A partir de ese momento la protesta antibelicista se convirtió en revuelta social, aflorando odios ancestrales que, por ejemplo, desencadenaron furibundos ataques contra los bienes de la Iglesia Católica, entidad que representaba mejor que ninguna otra la hipocresía de las clases dominantes.
Se levantaron barricadas, se asaltaron templos y mansiones, se desencadenaron tiroteos, venganzas… Tanto entre los ciudadanos movilizados como entre las fuerzas del orden abundaron los individuos que se esmeraron en el uso de la violencia. En todo caso, la miseria ética de las instituciones, la debilidad del monarca --incapaz de imponer moderación en el gobierno y controlar a la clase alta-- y las graves dificultades económicas que padecía la mayoría de la población habían alimentado durante años y años la violencia que desde primera hora del 27 de julio hasta la madrugada del 3 de agosto se vivió en Barcelona.
Luego llegaron los juicios, las largas condenas de prisión y los fusilamientos, incluido el del pedagogo ácrata Ferrer i Guardia, que en un juicio tan absurdo como irregular fue acusado de ser el inductor intelectual de la rebelión ciudadana y condenado a muerte.
Nada volvió a ser igual. Es más, la Semana Trágica catalana y las revueltas en el campo andaluz constituyeron el primer aviso de que la monarquía y el compadreo conservadores-liberales carecían de futuro cierto.