
La muerte de Miguel Hernández en prisión es un asesinato a fuego lento. Tiene 31 años. La escritura de su obra y el desarrollo de su propia vida han discurrido en paralelo por caminos llenos de abrojos persiguiendo a toda costa un claro objetivo: ejercer sin cortapisas y con pleno significado el oficio de poeta. No dudará en rebelarse contra la voluntad del padre y llegará a culminar, a pesar de la constante penuria, tres años de guerra y otros tantos de cárcel, un compromiso inalienable consigo mismo y con el pueblo. Las luces y las sombras, las contradicciones de la condición humana proyectan el claroscuro de una constante lucha frenética por la satisfacción de su doble aspiración, ética y estética, indisociable de su condición humana y literaria.
“Habría salido de la cárcel accediendo a colaborar de cualquier modo con el régimen franquista. Pero se negó porque supo que no podría desarrollar con la necesaria dignidad su oficio de poeta y que su condición de icono republicano de la guerra civil perdería toda legitimidad. Y lo pagó con la muerte”, relata Eutimio Martín.
Edita AGUILAR
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