16 nov. 2006

Libreros, ¿un oficio en extinción?

Uno de los grandes problemas del mal llamado negocio de librero --aparte de la competencia de las grandes cadenas de venta-- es la progresiva infravaloración de la cultura, que ha llegado al extremo de que algunos consideren el libro como un mero adorno útil para simular inteligencia o estatus social
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Reproducción íntegra del reportaje titulado Los grandes problemas de los libreros pequeños, cuya autora es Patricia Gonsálvez, que ha sido publicado en El País:
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Ángel Escarpa abrió su librería en 1973 --el año que murió Neruda-- y cerró en 2000 porque, según cuenta, ya nadie en San Blas (Madrid) creía en su proyecto, una librería de izquierdas, especializada en la Guerra Civil y la República, que se apoyaba en el material de papelería para ir tirando: "La gente prefería ir al Carrefour que abrió aquí al lado, o coger el metro hasta la FNAC". Escarpa jura "sobre las obras completas de Lenin" que estuvo años vendiendo un libro al día: "Cerrar fue como perder un hijo, amén de un hijo tonto".
Cada año cierran en España 90 librerías. Para compensar, 75 valientes se lanzan a la aventura de abrir un negocio que se promete complicado. Muchas horas de trabajo, muchos gastos de gestión y un margen de beneficio del 30%. "Si el negocio fuese más rentable, abrirían tantas librerías como bares de copas, una para cada tipo de lector. Pero en los cubatas el beneficio es del 80 %", dice Antonio Ramírez, que hace siete años abrió La Central en Barcelona y hoy tiene cinco grandes librerías, incluidas las del Macba y el Reina Sofía.  

Luego está la competencia de las grandes cadenas: "Sitios como la FNAC o la anglosajona Barnes & Noble son perfectos. Tienen fondos amplísimos, te puedes sentar y hojear, son luminosos, baratos... No se puede defender lo tradicional por lo tradicional; las librerías han de actualizarse. Especializarse o, mejor, crear un lugar especial, y sobre todo que se note que hay alguien que lee detrás".
El Buscón y El Bandido doblemente armado no se parecen en nada. Sus dueños, sólo en que son ávidos lectores y se consideran suicidas comerciales. Caso A: la librería popular que Luis Sancho, de 55 años, abrió hace 29 en el barrio madrileño de Prosperidad. Está especializada en Filosofía. Las novedades se apilan sobre las mesas, los libros de Platón y Kant se estrujan en las estanterías del fondo y las guías de viajes pierden el equilibrio en expositores un poco torcidos; caso B: la librería de Diego Pita, de 34 años, que no está especializada pero es especial. Tiene un bar en la entrada. Lleva cinco años abierta en una céntrica zona de copas. Las "novedades alternativas" descansan sobre mostradores. Tintín y los libros de fotos se exponen en baldas donde se pondrían los mejores tacones en una zapatería. En la tienda del librero joven se sirven cócteles, suena neo-chanson y no se puede fumar. En la del librero de toda la vida no hay música ni espacio para sentarse, el dueño fuma con compulsión y todos los clientes le llaman Luis. Puede que la librería independiente esté en crisis, pero en casa de estos dos suicidas no deja de entrar un goteo constante de gente.
En España hay 4.280 comercios que tienen como actividad principal vender libros, y la mayoría son pequeños. Perfumerías-droguerías tradicionales hay 12.516. Si a las librerías se suman hipermercados, quioscos o estaciones de tren, los puntos de venta de libros llegan a 27.500. Dentro de las librerías librerías, las independientes tienen el 32,7% del mercado, pero han perdido cuatro puntos de cuota en dos años. En ese mismo periodo, las cadenas de librerías han facturado un 13% más. "Pero no hay un solo malo de la película", dice Miguel Visor, distribuidor y librero de Machado Libros, cuya lista de enemigos es larga: "El precio de los alquileres se ha disparado, la enciclopedia ha muerto a manos de Google, los quioscos y las promociones de los periódicos venden fuera de los precios del mercado, las fotocopiadoras arrasan en las universidades... y hay librerías que no se adaptan a los gustos de la gente".
  

Entre las librerías que cierran, muchas caen por muerte natural, por no ajustarse al mismo mercado que acaba con los ultramarinos o los relojeros; el problema con las librerías es que, además del drama personal, se pierde una red de proximidad cultural y a veces se cierran instituciones, como Rubiños 1860, un hito madrileño comprado hace unos años por El Corte Inglés y hoy convertido en su departamento de móviles.
Los libreros también se enfrentan a los cambios editoriales. En 2005 se publicaron 69.600 libros. "Los que se venden bien, cada vez venden más, pero los que venden mal, venden menos", según Visor. "Esto no conviene al pequeño librero, que no puede absorber el ritmo de rotación que piden las editoriales", explica Fernando Valverde, presidente de CEGAL, que asocia a los gremios de libreros. "Los grupos editoriales se impacientan", dice Antonio Ramírez. Prefieren tiendas con sitio para el márketing y músculo para venderlo todo en tres meses de promoción.
Para El Corte Inglés su camino está claro: "El énfasis se pone en el instant book [libros sobre temas de actualidad], el best seller y en los libros de texto", según fuentes del centro. En la FNAC, que vende cerca de seis millones de libros al año en sus 12 tiendas, Ignacio Tolnado asegura, sin embargo, que para ellos el fondo lo es todo: "En 14 años los 100 títulos más vendidos nunca han estado por encima del 13% del total. La diversidad del surtido es clave en nuestro éxito".
Así las cosas, la nueva ley del libro está camino del Parlamento. La gremial dice que el borrador tiene "poca chicha política porque, aunque respeta el precio fijo que garantiza la diversidad cultural, los derechos del lector y salvaguarda a las librerías, reitera la excepción que el PP hizo con los libros de texto cuyos descuentos libres son demoledores para las pequeñas librerías". "Además", añade Valverde, "no obliga a que las compras públicas se hagan a través de las librerías".
Desde que Rodrigo Rato liberalizase en 2000 los descuentos, las librerías lo han notado. La malagueña Rayuela, Premio Nacional 2005, ha perdido este año un 15% en las ventas de texto. Su dueño, Juan Manuel Cruz, no ha renovado a uno de sus empleados: "No podemos luchar contra enormes campañas cuyo objetivo no es vender libros un 25% más barato, sino colocar todo lo demás: lápices, mochilas, uniformes... Los libros son un gancho; por cada euro que se gasta una familia en ellos, se deja entre 9 y 11 euros en artículos complementarios; eso no es un beneficio social para las familias, sino una ventaja comercial para los grandes almacenes. Están arrasando con las pequeñas librerías", dice Cruz.  

"En África, donde la cultura es oral, se dice que cuando muere un anciano se quema una biblioteca, y esto es algo parecido. Pero tenemos que ser optimistas: dentro del comercio, ser librero es lo más vocacional que hay y mantendremos la llama viva".
Eva Cosculluela, de 34 años, y su socio han abierto hace un año y diez meses en Zaragoza. Su competencia son El Corte Inglés y la FNAC, porque en todo el centro no hay otra librería literaria. Antes eran informáticos; ahora trabajan de diez de la mañana a nueve de la noche, todos los días menos los domingos. En la planta de arriba tienen novelas juveniles y "exquisitos" álbumes para niños. Sillones para padres e hijos. Una máquina de café: "Ponemos todas las facilidades para que la gente se sienta a gusto", dice Eva, "es un negocio difícil, pero vamos tirando despacito, con mucha ilusión; si no, apaga y vámonos". Su librería se llama Portadores de Sueños.

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