28 may. 2008

"El Ebro. Viaje por el camino del agua"

A poco más de quince días de que abra al público la Expo Universal de Zaragoza, dedicada al agua, es oportuno recordar al padre, al símbolo, a la frontera, al caudal de vida, a la vía de comunicación y también al mero accidente geográfico que es el río que baña la capital aragonesa: el Ebro, el más largo y caudaloso curso de agua de la geografía española (el Duero es más largo pero parte de su curso discurre en Portugal).
No es un río, sino la suma de los ebros parciales que lo alimentan y definen, con afluentes dispares que van multiplicando las aportaciones, con varios millones de habitantes en sus riberas, más los miles de kilómetros cuadrados de tierras dispares que atraviesa.
En resumen, el Ebro baña siete comunidades autónomas y cerca de 930 kilómetros de recorrido separan su nacimiento --en la falda oriental del Pico de Tres Mares, Fontibre, Cantabria-- de su desembocadura en el Mediterráneo.
Sin embargo, pese a su constante presencia, el Ebro sigue siendo en gran medida un desconocido. Tanto es así que seguir a pie su recorrido puede representar todavía hoy --cuando parece que todo está preparado para el turismo de masas-- la posibilidad de vivir intensas experiencias.
El Ebro, tal como describe Pedro Cases, dibuja paisajes únicos y fascinantes, cuya contemplación y disfrute están vedados a quien no se acerque con los ojos de un curioso espectador. Su atractivo radica en la diversidad: de los bosques de robles y hayedos y las gargantas burgalesas, al desierto de los Monegros; de los rastrojos, huertas y viñas, a los arrozales catalanes; desde los mares interiores de los pantanos al plácido Mediterráneo del delta, el río es el padre de varios ecosistemas, varios de los cuales son únicos y frágiles.
Edita PENÍNSULA

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